Desde el amanecer de las clasificatorias, la armada del sol naciente dejó claro que venían a conquistar. Satone Yoshida y Neo Suzuki igualaron en la cima (2.24), moviéndose con esa fluidez estoica, silenciosa y letal que caracteriza a la escuela japonesa. El mensaje era contundente.
La semifinal, sin embargo, reorganizó la jerarquía. Yoshida, en un despliegue de genialidad absoluta, se colgó el único TOP de la ronda, dejando al resto de los mortales mirando desde abajo. Mientras tanto, el propio Neo Suzuki sufrió en la pared, arañando a duras penas el movimiento 36+ para colarse a la final como el octavo clasificado; el último invitado a la fiesta, entrando por la mínima rendija de la puerta.
Pero el reglamento de la escalada deportiva guarda una de las presiones psicológicas más hermosas del deporte: el último en clasificar es el primero en enfrentar el abismo.
La final aguardaba como un monstruo insaciable y Neo Suzuki fue el encargado de inaugurarla. Salió a la arena cuando el telón apenas se levantaba, sin referencias previas, sin el rastro de magnesio de sus rivales marcando las presas, enfrentándose al muro en absoluta soledad. Libre de la presión de ser el favorito, Suzuki ejecutó una danza ingrávida. Donde se suponía que había un trazado inexpugnable, él tejió un camino. Superó el umbral del dolor y escaló hasta dejar una marca estratosférica: 44+.
Al descender, Suzuki tomó asiento en la silla de líder. No lo sabían en ese momento, pero ese primer intento acababa de construir una fortaleza insuperable. El resto de la noche se convirtió en un dramático desfile de estrellas estrellándose contra el fantasma del japonés.
El primer monarca olímpico de la historia, el español Alberto Ginés López, emergió con esa garra incansable y un temple a prueba de fuego. Se aferró a las presas hasta alcanzar un fenomenal 39+, cayendo exhausto mucho antes de la marca de Suzuki. El surcoreano Dohyun Lee, en un esfuerzo titánico, igualó esa misma altura, pero la fría memoria del reglamento le otorgó la plata al español y el bronce al coreano por el desempeño en la ronda anterior.
La tensión llegó a su clímax con los últimos competidores. El prodigio Sorato Anraku cayó en el 38+. Y finalmente, el gran favorito, Satone Yoshida, víctima quizás del desgaste y del peso psicológico de la ruta, cedió exactamente en el mismo movimiento (38+). El oro que Suzuki había reclamado en soledad al inicio de la noche, le pertenecía.
En medio de esta colisión de titanes, nuestro continente levantó la mirada. El camino del escalador latinoamericano en el circuito asiático es siempre una peregrinación, un salto de fe cruzando husos horarios. El chileno Joaquín Urrutia firmó una participación más que respetable, instalándose en el peldaño 28, acariciando la frontera de las semifinales en una demostración de tenacidad andina.
Por su parte, la representación mexicana llevó el estandarte tricolor a la pared con Thor Villegas, quien concluyó en la posición 55. Junto al también chileno Emiliano Torrijo (58), experimentaron el rigor de esta élite mundial. No hubo podios para ellos esta vez, pero cada vuelo en estos muros asiáticos, cada esfuerzo en Wujiang, es el cincel que continúa forjando el nivel de una región que se niega a quedarse al pie de la montaña. La cima no es un sprint, sino el maratón más vertical del planeta.
Wujiang ha hablado. Neo Suzuki nos demostró que a veces la mayor ventaja no es salir al final conociendo los errores del resto, sino salir primero para dictar, con puño de hierro, dónde está el límite de lo posible.
📷© Kazushige Nakajima/World Climbing